Hola cariño,

Llueve. Más bien diluvia. Lo único que alcanzo a ver detrás del cristal son dos pequeños focos rojos que cada vez corren más. Poco a poco van desapareciendo, hasta que al final, la oscuridad los engulle. Me siento perdida, desorientada, las diminutas pero abundantes gotas no me dejan distinguir las rayas de los laterales. Espero no torcer el volante y llegar sana y salva, y a tiempo, a mi ansiado destino. Después de seis horas con las manos en la misma posición empiezo a notar el cansancio, pero es recordar hacia dónde me dirijo y todos los males se me pasan. Cada vez quedan menos metros que recorrer. Aunque la situación sea complemente diferente, me siento como la cenicienta a punto de llegar al esperado baile en su preciosa carroza blanca. Al fin y al cabo,  lo que ella sentía en ese momento no dista mucho de lo que yo siento.

Por cada kilómetro que recorro subo un punto el volumen de la música. Comienzan a florecer los nervios, las inseguridades, los sudores. Pero a la vez, el anhelo hace que las ganas y la alegría se empoderen de mi cuerpo. No sé si reiré o si lloraré. Sólo quiero llegar.

Última curva antes del aparcamiento. Allí estás. La lluvia sigue pegando fuerte contra el cristal. ¿Qué importa? Te estoy viendo. Creo que nunca había salido tan rápido del coche, ni si quiera sé si he echado el freno de mano. Después de meses sin olerte nada me puede detener. Ese amor que nos llenó de vida vuelve a brotar. El telón de la historia vuelve a abrirse. Es increíble cómo hace un año la sensación era totalmente la contraria, esa despedida calurosa y tan fría a la vez. Hay pocas cosas que odie más que los adiós. Pero, estoy feliz de que esta vez haya sido únicamente un hasta luego. Estaba tan sola en mi soledad…. Volvamos a ser esa agua ardiente, volvamos a volar sobre los muros más elevados, a abrazarnos en los puentes más largos y en las montañas más frías del planeta. Porque aunque haya momentos en la vida que me tenga que marchar, me estoy muriendo por volver.

Irati.

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